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  • Foto del escritorGabriel Miyar

Una Mano Pesadita

Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. 2 Cor. 7:1 (BLA).


La otra razón por la cual debemos sentir temor de Dios no es tan loable como la primera, donde nos asustamos maravillados de la grandeza y santidad de Dios y, por comparación, de nuestra lamentable condición de seres altamente fallidos que están ante Dios sólo por su gracia. Pero, aunque esta segunda razón no es tan admirable, es esencial que forme una parte de nuestra devoción a Dios. Se trata de temer a Dios porque sabemos que Él corrige a sus hijos. Se trata de un temor sano, porque nos aleja del pecado.


La Biblia enseña claramente, y no sólo en el antiguo testamento, que Dios corrige a sus hijos. ¡Y vaya que tiene una mano pesada! “Día y noche tu mano de disciplina pesaba sobre mí” (Sal. 32:4).


Nos dice el autor de la Carta a los Hebreos, citando a su vez Proverbios 3:11-12:


¿Acaso olvidaron las palabras de aliento con que Dios les habló a ustedes como a hijos? Él dijo:


«Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor

y no te des por vencido cuando te corrige.

Pues el Señor disciplina a los que ama

y castiga a todo el que recibe como hijo» Heb. 12:5-6.


¿Lo ves? Dios “disciplina a los que ama y castiga a todo el que recibe por hijo.” Pero, dice que estas son “palabras de aliento.” Luego, nuestro autor tiene la gentileza de explicarnos que quien no es disciplinado por Dios es porque no es su hijo. Su disciplina es prueba de su paternidad sobre nosotros. Y continúa explicándonos:


Pues nuestros padres terrenales nos disciplinaron durante algunos años e hicieron lo mejor que pudieron, pero la disciplina de Dios siempre es buena para nosotros, a fin de que participemos de su santidad (v.10).


La disciplina de Dios, si respondemos adecuadamente —con arrepentimiento y determinación de aprender de nuestros errores y cambiar el rumbo— nos lleva a participar de la santidad de Dios.


Luego, con ternura se identifica con nosotros:


Ninguna disciplina resulta agradable a la hora de recibirla. Al contrario, ¡es dolorosa! Pero después, produce la apacible cosecha de una vida recta para los que han sido entrenados por ella (v. 11).


«Señor, gracias por tratar este tema con tanta sensibilidad y ternura sabiendo que no es fácil para mí. Pero, te agradezco por estas palabras tan paternales, y te pido que me enseñes a someterme a tu disciplina y a vivir con un temor saludable que me ayude a mantenerme en el camino recto. Gracias por ser mi Padre y por preocuparte por la vida que llevo. Que mi vida te sea agradable. Quiero ver esa sonrisa complacida en Tu rostro. Amén.»

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