Tu Propio Nombre
- Gabriel Miyar

- 21 abr
- 2 Min. de lectura
Te puse nombre, mío eres tú. (Isaías 43:1, RV’60)
Hemos estado hablando de los nombres de Dios, pero, ¿qué hay de los nombres de Dios que muchas veces llevamos incluidos en nuestro nombre de pila? Pienso, primero que nada, en todos aquellos que llevamos nombres de origen hebreo terminados en la sílaba “-el,” que significa Dios. Por ejemplo, Miguel qué significa, literalmente, “¡quién como Dios! O Rafael, que significa “Sana Dios” (Dios sana). Daniel, “Dios es mi juez.” En el caso de las mujeres, es raro que terminen en “él”, pero a veces esta palabra para Dios aparece al principio o en otro lugar del nombre: Elizabeth, “Dios es mi pacto.” Eliana, “Dios me ha respondido;” Atalía: “Yah es Exaltado.”
En una nota personal, mi propio nombre, “Gabriel,” significa literalmente: “Mi fuerza varonil es Dios.” Y esto conecta de regreso con Destino. Para todos los hombres cristianos, Dios es nuestra fuerza, varonil, no dependemos de nuestra fuerza de carácter personal, sino de la presencia de Dios en nuestras vidas. En este sentido soy un hombre genérico de IPV. Mi viene de Dios.
Esto del significado de los nombres es algo que nos atrae muchísimo, por lo que muchos buscan el significado de su nombre en Internet. Sólo que la mayoría de los sitios no son confiables, están bastante cargados hacia dar una interpretación color de rosa idealizada para agradar. Y a los padres, a modo de humilde sugerencia, no sólo se fijen en cómo suenan los nombres, sino que piensen en su significado a partir de una fuente confiable. Mejor usen una IA como ChatGPT.
Lo importante aquí es que Dios no sólo nos conoce por nombre, sino que el día que nos entregamos a él, o antes, nos dio un nombre secreto, que sólo conoceremos cuando estemos ante él, y, sabiendo que para él los nombres son importantes, sé que será algo maravilloso. Será un nombre que nos afirmará para siempre y por la eternidad, y nos dará una identidad nacida de nuestra relación personal con él.
El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe. Apoc. 2:7 (RV’60).

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