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Sin Mérito Alguno

Foto del escritor: Gabriel Miyar
Gabriel Miyar
21 oct
2 min de lectura

Entonces, ¿busco ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo de Cristo.

Gál 1:10


Si has empezado a leer la carta a los Gálatas, te estarás dando cuenta de que Pablo se está defendiendo de ciertas calumnias que los intrusos— “ciertos individuos están sembrando confusión entre ustedes y quieren tergiversar el evangelio de Cristo” (1:7)— estaban diseminando entre la congregación.


Ciertos creyentes judíos que se habían “convertido” al cristianismo pero, que seguían observando la ley de Moisés y querían obligar a los demás a hacer lo mismo —Pablo les llama “los de la circunsición”— seguían a Pablo por todos lados para desvirtuar su ministerio. En Galacia sembraron dudas en las congregaciones en cuanto a que Pablo no era un verdadero apóstol. No era uno de “los 12,” sino aún advenedizo, según ellos.


«Pablo no es un verdadero apóstol independiente. Recibió su mensaje de otros, lo ha modificado y ahora ha quitado la circuncisión y la Ley para hacer su evangelio más atractivo a los gentiles.» Éstos infiltrados, decían que Pablo había adulterado el evangelio abaratándolo para ganar adeptos.


Pablo sabe, que su evangelio de gracia provoca resistencia. ¿Por qué? Porque la gracia destruye nuestro sentido de merecimiento espiritual —desarma el sentirnos “con derecho.” No permite decir: “Yo merezco más porque hice más.” Ni: “Yo pertenezco más porque cumplo mejor.” Ni: “Dios está más obligado conmigo porque observo determinadas reglas.”


El evangelio nos deja a todos dependiendo únicamente de Cristo.


Pablo sabe esto de primera mano. Por eso en Gálatas 1:11-14 apela al testimonio de su vida anterior. Si alguien podía decir “yo cumplí,” si alguien podía construir su identidad sobre su desempeño religioso, era Pablo. Pablo, en su vida anterior, era un bicho religioso a más no poder. Era el primero en conocer el poder egolatra del desempeño.


Y nosotros, no debemos descuidarnos. Tal vez no pretendemos justificarnos delante de Dios observando la ley de Moisés, pero fácilmente encontramos otras maneras de medir nuestro valor espiritual: nuestros años de creyentes, nuestro conocimiento bíblico, nuestro servicio en la iglesia, nuestra disciplina o nuestras buenas obras. Sin darnos cuenta, comenzamos a sentir que todo eso nos hace merecedores de un trato especial de parte de Dios, o que nos coloca por encima de otros creyentes. ¡Qué fácil es convertir incluso nuestra fidelidad en motivo de orgullo! Por eso necesitamos volver una y otra vez al evangelio de la gracia.


No tenemos nada que presumir delante de Dios, ni nada con qué reclamarle. Todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que esperamos recibir de él descansa en una sola cosa: no en nuestros méritos, sino en los méritos de Jesucristo.

 
 
 

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