Santificado Sea Tu Nombre
- Gabriel Miyar

- 17 abr
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Pero esparcidos entre las naciones, deshonraron mi santo nombre. Pues las naciones decían: “¡Estos son el pueblo del Señor, pero él no pudo protegerlos en su propia tierra!”. 21 Entonces me preocupé por mi santo nombre, al cual mi pueblo trajo vergüenza entre las naciones.
22 »Por lo tanto, da este mensaje a los israelitas de parte del Señor Soberano: “Los llevaré de regreso a su tierra, pero no porque lo merezcan, sino para proteger mi santo nombre, que deshonraron mientras estaban esparcidos entre las naciones. 23 Mostraré cuán santo es mi gran nombre, el nombre que deshonraron entre las naciones. Cuando revele mi santidad por medio de ustedes ante los ojos de las naciones, dice el Señor Soberano, entonces ellas sabrán que yo soy el Señor. Ezeq. 36:20-23
Ezequiel es uno de los profetas del exilio, cuando los israelitas, a causa de su rebelión e idolatría fueron llevados cautivos a Babilonia por 70 años, unos 600 años a.c. En este oráculo profético Ezequiel habla de parte de Dios. Vemos aquí a Dios, sintiendo celo por su nombre. Nosotros diríamos hoy en día sintiendo celo por su “renombre.”
Dios escuchó las burlas de los extranjeros que decían ¿qué clase de Dios es tán incapaz, tan débil, que no puede proteger a su propio pueblo dentro de su propia tierra, mientras que nuestros dioses los entregaron en nuestras manos? De esta forma, los israelitas deshonraron el nombre de Dios, hicieron que los paganos tuvieran un concepto despreciable de Dios. Deshonraron su nombre (su renombre). Es exactamente lo contrario de santificar su nombre.
Cuándo nosotros nos rebelamos contra Dios y actuamos de manera rebelde y contraria a su voluntad, y por lo mismo saboteamos sus bendiciones en nuestras vidas, de manera notoria a los demás, estamos deshonrando el nombre de Dios. No solamente estamos pecando con nuestra rebelión, sino que estamos deshonrando el nombre de Dios. No lo estamos santificando.
Quizá lo más impactante del pasaje es que Dios dice que va a bendecirlos sólo para que los incrédulos no manchen su nombre. “Ah, bueno” —podríamos decir— “de todas formas hay bendición.” Pero, no es la clase de bendición que deseamos, una bendición forzada, temporal, externa, que no nos toca de manera profunda, que no nos transforma y que Dios no concede con alegría y entusiasmo.
Señor y Dios nuestro esa no es la clase de bendición que queremos, nosotros queremos santificar tu nombre, no que suplas nuestra vida externa para proteger tu nombre, mientras que nuestro interior permanece en rebelión.

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