¿Reina o Sierva?
- Gabriel Miyar

- 9 mar
- 2 min de lectura
Cuando Elisabet estaba en su sexto mes de embarazo, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, una aldea de Galilea, a una virgen llamada María. Ella estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. Gabriel se le apareció y dijo: «¡Saludos, mujer favorecida! ¡El Señor está contigo!». Lucas 1:26-28
Mis amigos católicos, piensan que los cristianos no creemos en la virgen María. Yo les digo que sí creemos y que no solamente eso, sino que la tenemos en muy alta estima, y que incluso buscamos imitar su trayectoria como creyente. Pero, la verdad es que en la iglesia cristiana hablamos muy poco de María, tal vez por temor de volver a abrir la puerta a todo ese culto dirigido hacia ella en la Iglesia Católica. Por eso pensamos que al hablar de la vida de Jesús, sobre todo de la etapa final de su ministerio, era importante hablar acerca de María.
Yo le digo a los católicos con los que tengo la oportunidad de hablar de este tema que la diferencia entre católicos y cristianos es que los católicos en las iglesias ponen a María frente a ellos en el retablo (la estructura decorada al fondo, detrás del altar), junto con las imágenes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, concediéndole una posición y atributos divinos, mientras que nosotros la imaginamos no frente a nosotros recibiendo adoración, sino de nuestro lado adorando en la primera fila como un modelo de creyente.
Honramos su testimonio y hablamos de ella con gran respeto y admiración, pero no le pedimos absolutamente nada ni la consideramos una mediadora entre Dios y los hombres. Todo eso le corresponde a Cristo, no a ella.
Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. 1 Timoteo 2:5 (NVI).
Sólo Jesucristo es a la vez Dios y al mismo tiempo hombre, y por eso puede mediar entre ambos.
Ella, de hecho, tenía un concepto muy modesto de sí misma. “Escucha” sus palabras en el evangelio de Lucas:
“porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.” Lucas 1:48 (NVI)—RV’60 dice: “Porque ha mirado la bajeza de su sierva.”
Ella se describe así misma, no como reina del cielo, sino como sierva del cielo. Y sí, la llamamos dichosa. Dichosa, porque Dios le concedió mediante su gracia, traer al mundo, criar y educar junto con su marido a la persona más importante del universo, Nuestro Señor Jesucristo.
«Señor, mira también la condición humilde de tu siervo, de tu sierva, y que todos me consideren una persona dichosa por abrir mi corazón a cumplir tu propósito en mi vida.»

Amén!