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Recepción

  • Foto del escritor: Gabriel Miyar
    Gabriel Miyar
  • 2 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

“Había pastores en aquella región que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño” (Lucas 2:8).


Lucas está hablando aquí de pastores en el sentido literal de la palabra: hombres y mujeres (homo sapiens) que se dedicaban a cuidar, proteger y alimentar a las ovejas (ovis aries y ovis awassi). Y se llaman “pastores” precisamente porque buscaban los mejores “pastos” para ellas. (En Tepetate, cerca de Charcas, tenemos hermanos de IPV que se dedican al pastoreo de ovejas, y cuando vamos, nos damos cuenta de que recorren grandes distancias para llevar a sus ovejas a los mejores pastizales).


El comité de bienvenida para el Rey de Israel, y en verdad de todo el mundo, no fueron los dignatarios que rodeaban a Herodes, ni mucho menos los dignatarios alrededor del César en Roma, sino unos humildes cuidadores de borregos. Jesús no nació en un palacio, rodeado de lujos, sino en un establo, rodeado de animales, paja y estiércol. Esto nos da una idea de la clase de protagonista que ocupará el centro de nuestras vidas durante el mes de diciembre en el Evangelio de Lucas.


Por otro lado, de la parte que le corresponde al cielo, el cielo sí envió un equipo diplomático de primera: ángeles luminosos que envolvieron a los pastores de acá abajo “en la gloria del Señor” (2:9).


El cielo está ataviado y accesorizado en la más resplandeciente gloria; la tierra es un planeta de cabeza —patas pa’rriba— en el que la pobre y deslucida gloria humana, la pompa y circunstancia de las cortes reales y el derroche de los gabinetes políticos, sustituyen a la verdadera gloria. Por eso nosotros somos llamados a unirnos a los más humildes, y junto con ellos a rendirnos y reconocer la majestad invisible de nuestro manso y humilde Salvador y Señor.


«Señor, mientras vivimos en este mundo, enséñanos a vivir en sencillez, frugalidad y humildad. Sabemos que a su tiempo llegará la verdadera gloria, que se manifestará aún en nosotros, porque seremos semejantes a tu gloriosa persona (ver 1 Juan 3:2).»


Hoy leemos Lucas, capítulo 2. ¡Provecho!

 
 
 

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