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  • Foto del escritorGabriel Miyar

Recabitas del Espíritu

Así que le hemos obedecido en todas estas cosas. Jer. 35:8


Hemos estado hablando de los recabitas en Jeremías 35. Un clan nómada que por obediencia a su padre (antepasado) Jonadab hijo de Recab, observaba una serie de disciplinas estrictas que los separaban del resto de los habitantes del Israel antiguo.

Como los recabitas con Jonadab, nosotros también tenemos un padre celoso que nos ha dado el mandamiento de vivir en una relación estrecha con él y que nos separó para vivir una vida diferente a la de la multitud del mundo que nos rodea.


Igual que los recabitas, nosotros también tenemos disciplinas que requieren costosas decisiones sobre cómo viviremos. Sólo que en nuestro caso, estas disciplinas son realmente vitales. No beber vino, no construir casas, ni plantar viñedos o granjas, ni sembrar campos, sino vivir en carpas, aunque puede tener algún mérito, realmente no inside en la vida moral y espiritual del seguidor (a menos que sea uno alcohólico, en el caso del vino. En cuyo caso sí inside y tremendamente, en la vida moral y espiritual).


¿Cuáles son algunas de estas disciplinas que requieren costosas decisiones sobre cómo viviremos?


Separamos un día a la semana para Adorar con nuestros compañeros; separamos tiempo de calidad diario para buscar a Dios en oración y lectura de su Palabra; separamos el diez por ciento nuestros ingresos para traérselo a Dios, sin excusas ni titubeos; separamos tiempo valioso y recursos para aliviar la miseria de los necesitados; separamos nuestras vidas de todo lo que sea moralmente dudoso y nos entregamos a una vida recta cueste lo que cueste.


Si Dios nos llama a servirlo “de tiempo completo,” dejamos lucrativas actividades para vivir por fe. O aceptamos trabajos o puestos menos remunerados para poder dedicarle más tiempo a los asuntos de Dios. De esto hay un sinnúmero de ejemplos. ¿Por qué vivimos así? Porque somos seguidores radicales en lo que cuenta. Somos “recabitas” del Nuevo Pacto. Y nuestro “antepasado” es, ni más ni menos, Jesús Hijo de Dios, Nuestro Señor.


«Señor Jesús, creo haber entendido que tu anhelas, realmente anhelas —y puedo sentir la fuerza de tu anhelo en las palabras de tu Padre en el capítulo treinta y cinco de Jeremías— es más, que Tú realmente “te mueres*” por que yo sea un seguidor radical y obediente, un verdadero recabita del Espíritu. Pues bien, hoy mi propio anhelo es poder decir: “¡Así que le hemos obedecido en todas estas cosas!” ¡Amén!»


*literalmente.


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