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Ora primero

Robbie Rembao
1 oct
2 min de lectura

“Clama a mí y te responderé; te daré a conocer cosas grandes e inaccesibles que tú no sabes”. Jeremías 33:3 NVI


La primera enseñanza que recibí cuando entregué mi vida a Dios me la dio mi papá: aprende a orar. Me enseñó que la oración era como una llamada directa a Dios. Jeremías 33:3 era, de alguna manera, nuestro “911”: “Llámame y yo te responderé”. Años después entiendo mucho más el peso de esa enseñanza.

Un día los discípulos se acercaron a Jesús y le hicieron una petición. Pudieron haberle pedido muchas cosas. “Enséñanos a predicar”. “Enséñanos a hacer milagros”. “Enséñanos a liderar”. “Enséñanos a caminar sobre el agua” pero me parece increíble que le pidieron: “Señor, enséñanos a orar”.

Pero pidieron aprender a orar. Porque habían visto que todo lo que Jesús hacía estaba conectado con su relación con el Padre. Y si Jesús necesitaba una vida de oración para hacer lo que el Padre le había llamado a hacer, ¿por qué nosotros pensamos que podemos hacerlo sin orar?

Hace unas semanas me encontré con varios problemas y, honestamente, no sabía qué hacer. Hablé con diferentes personas. Busqué respuestas en libros. Tuve varias conversaciones con inteligencia artificial. Pensé, analicé y busqué soluciones por todos lados. Y después me di cuenta de algo bastante obvio, había hecho de todo, menos buscar a Dios.

Ese es nuestro problema muchas veces. No es que no amemos a Dios. Es que intentamos resolver primero y orar después. Pero el Padre Nuestro nos recuerda algo diferente. Jesús nos enseña a comenzar con Dios: quién es Él, qué quiere Él y qué está haciendo Él. Después vienen nuestras necesidades, nuestros problemas, nuestro arrepentimiento y nuestras peticiones.

La oración no siempre cambia inmediatamente la situación. Pero siempre puede cambiar nuestro corazón frente a la situación. Y cuando oramos, descubrimos algo que necesitamos recordar una y otra vez: nuestra capacidad de pedir nunca se compara con la capacidad de Dios para dar.

Así que antes de buscar una respuesta, ora.

Antes de tomar una decisión, ora.

Antes de reaccionar, ora.

Antes de intentar arreglarlo todo, ora.

No porque orar sea nuestro último recurso, sino porque debería ser nuestro frente de batalla. 

Santiago dice que la oración ferviente tiene mucho poder y da resultados maravillosos.

Tal vez hoy no necesitas otra respuesta. Tal vez necesitas hacer algo mucho más sencillo:

Ora primero. Y espera después.

 

 
 
 

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