"No Fue mi Culpa"
- Liza Koch
- 4 ago
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27 El hombre contestó: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente” y “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” 28 —¡Correcto!—le dijo Jesús—. ¡Haz eso y vivirás! 29 El hombre quería justificar sus acciones, entonces le preguntó a Jesús: —¿Y quién es mi prójimo?
Cuando era niño, cada vez que me descubrían haciendo algo que no debía, mis padres sabían exactamente cuál iba a ser mi respuesta. Había una frase que, casi sin pensarlo, siempre salía de mi boca:
—¡No fue mi culpa!
No importaba si realmente era inocente o si me habían sorprendido con las manos en la masa. Siempre trataba de hacerme la víctima de las circunstancias, inventando toda clase de razones para demostrar que, en realidad, yo era inocente.
Como el hombre que habla con Jesús en este pasaje, todos buscamos justificarnos. Y quizá en ningún aspecto eso se hace tan evidente como en la facilidad con la que justificamos el amor que decidimos no dar.
Cuando pensamos en compañeros de trabajo, amigos, hermanos o vecinos —en cualquier sentido de la palabra—, solemos convencernos de que ya hicimos todo lo que estaba de nuestra parte. Entonces comienza la lista de excusas:
“Es que con ella es imposible tratar.”
“Él ya tuvo su oportunidad.”
“Seamos sinceros, ¿quién podría soportar un hábito tan desesperante?”
Y cuando llegamos a un callejón sin salida, terminamos diciendo lo mismo de siempre:
“No fue mi culpa.”
¿No es cierto que queremos librarnos de la responsabilidad de amar más allá de lo que nos resulta cómodo? Al decir: “No fue mi culpa”, buscamos exonerarnos y escapar de la culpa que acompaña nuestras decisiones más egoístas, esas que ponen nuestra propia comodidad por encima del amor.
La respuesta de Jesús a esa actitud es una parábola sobre la misericordia: El Buen Samaritano. Su mandato es claro e inequívoco: «Ve y haz tú lo mismo.» Con esas palabras nos deja ver que amar al prójimo con verdadera misericordia es mucho más de lo que, por nosotros mismos, somos capaces de hacer.
Jesús sabe perfectamente lo mal que fracasamos en amar como deberíamos. De hecho, describe el corazón humano como la fuente “de los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, el robo, el homicidio, el adulterio, la avaricia, la maldad, el engaño, la sensualidad desenfrenada, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez, por mencionar solo algunas cosas” (Marcos 7:21).
Su exigencia deja al descubierto el enorme abismo que existe en nosotros. Nuestra incapacidad para amar, y la desesperación con la que tratamos de justificar ese fracaso, revelan que quienes verdaderamente necesitamos misericordia somos nosotros. Somos nosotros los que necesitamos perdón.
La buena noticia es que ya no tenemos que justificarnos delante de Dios. Ya no hacen falta largas listas de razones ni complicadas piruetas de excusas. Podemos presentarnos tal como somos. Como dice la carta a Tito: «Pero cuando Dios nuestro Salvador dio a conocer su bondad y su amor, él nos salvó, no por las acciones justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia. Y, al ser justificados por su gracia, llegamos a ser herederos de la esperanza de la vida eterna» (Tito 3:4–7).
Esa es nuestra esperanza: no somos aceptados por Dios porque hayamos logrado justificarnos, sino porque, en su misericordia, él nos ha justificado por gracia.

Amén 🙏🏻