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  • Foto del escritorGabriel Miyar

¡Mejor en las Manos de Dios!

Mejor que caigamos nosotros en las manos de Dios, porque su misericordia es grande, y que no caiga yo en manos humanas 2 Samuel 24:14


Aunque ya entramos ayer al tema del amor de Dios y es maravilloso, hoy quiero nada más afianzar por última vez el tema del temor de Dios.


En 2 Samuel capítulo 24, el rey David decide hacer un censo de su poderío militar. No tiene nada de malo hacer un censo, pero David lo hizo con una motivación de egolatría; no lo hizo para la gloria de Dios, sino para su propia gloria. Esto le desagradó mucho a Dios. Como corrección Dios le dio a escoger uno de tres castigos: “Tres años de hambre en toda la tierra, o tres meses de huir de tus enemigos, o tres días de una terrible plaga por todo el país” (v.13). David escogió el tercer castigo, que para él significaba ser corregido directamente por “la mano de Dios.”


Y lo hizo porque —razonó él— “Mejor que caigamos nosotros en las manos de Dios, porque su misericordia es grande, y que no caiga yo en manos humanas” (v.14). David conocía la disciplina del Señor, la había experimentado en diversas ocasiones, y sabía muy bien que la corrección de Dios está llena de amor y misericordia. Y en efecto, Dios paró en corto la disciplina: «¡Detente! ¡Ya es suficiente!» —le dijo al ángel— y libró a Jerusalén (v.16). ¡Es mejor ser disciplinados por Dios que por la vida!


En Hechos 5 está el episodio de Ananías y Safira. Una pareja que vendió una propiedad y llevó solo una parte del dinero a los apóstoles, afirmando que era la suma total de la venta. “Con el consentimieno de su esposa [Ananías] se quedó con el resto” (v.2). Entonces, Pedro le dijo: «Ananías, ¿por qué has permitido que Satanás llenara tu corazón? Le mentiste al Espíritu Santo y te quedaste con una parte del dinero» (v.3). En cuanto Ananaías oye estas palabras cae al suelo y muere. “Todos los que se enteraron de los sucedido quedaron aterrados” (v.5). Lo mismo sucedió con su esposa, que llegó sin saber nada afirmando la versión de Ananías y murió también. El resultado fue que:


“Gran temor se apoderó de toda la iglesia y de todos los que oyeron lo que había sucedido” (v.11).


“Aterrados,” “Gran temor.” A pesar de la fuerza de estas palabras, hemos insistido en que se trata de un temor sano. Un temor para “participar de su santidad” (Heb. 12). Cada vez que decimos sinceramente: “No lo haré más” y lo cumplimos, añadimos crecimiento a nuestra santidad, y al agrado y gloria de Dios.


«Señor, hazme realmente comprender lo vital que es que yo viva con un sano temor de ofenderte. Y cuando fallo, enséñame a responder a tu disciplina con arrepentimiento inmediato y gratitud por tu amoroso cuidado paternal. Amén.»

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