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La unidad también se aprende

  • Jassiel Estrada
  • 17 jul
  • 2 min de lectura

 

“Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”

Efesios 4:2-3 (NBLA)


La unidad de una iglesia no se conserva por accidente; se cultiva con humildad, paciencia y amor. Es fácil pensar que una iglesia saludable es aquella donde no existen conflictos. Sin embargo, el Nuevo Testamento nos muestra otra realidad. Las primeras iglesias enfrentaron desacuerdos, diferencias y momentos de tensión. La diferencia no estaba en la ausencia de conflictos, sino en la manera en que aprendían a enfrentarlos a la luz del evangelio.

 

Hoy, muchas veces hacemos lo contrario. Cuando alguien nos hiere, preferimos alejarnos antes que conversar. Hacemos suposiciones, guardamos resentimientos o buscamos desahogarnos con otros en lugar de hablar con la persona indicada. Confundimos la paz con evitar conversaciones difíciles, cuando la paz que Cristo nos ofrece siempre camina de la mano con la verdad y el amor.

 

El evangelio no solo nos reconcilia con Dios; también nos enseña una nueva manera de relacionarnos con los demás. Escuchar antes de responder, preguntar antes de asumir, expresar con humildad nuestras expectativas y estar dispuestos a pedir perdón son evidencias de un corazón que está siendo transformado por el Espíritu Santo. La madurez espiritual no se refleja solamente en cuánto conocemos de Dios, sino en cuánto nos parecemos a Cristo cuando tratamos con las personas.

 

En los últimos meses, esta verdad ha cobrado un significado muy especial para mí. Debido al trabajo de mi esposo, hemos tenido que vivir temporalmente en estados diferentes del país, enfrentando la distancia, la incertidumbre y desafíos que esta etapa ha traído para nuestra familia. En medio de ese proceso, Dios me ha recordado cuánto necesitamos de la comunidad que Él nos ha regalado. He sido sostenida por la iglesia que ha orado por mí, me han escuchado, compartido una taza de café o simplemente han estado presentes. Hace algún tiempo escribí estas palabras en mi diario: “He encontrado paz, lugares y personas que brillan con la luz de Jesús para mí; una luz generosa e inesperada que me abraza con una gracia que adorna aún los días difíciles.” Eso también es la iglesia.

 

Vivimos en una época donde estamos constantemente conectados, pero cada vez más distantes. Un mensaje puede animar, pero nunca reemplazará una conversación cara a cara, una visita inesperada o una oración compartida. Jesús no formó discípulos desde la distancia; caminó con ellos, compartió la mesa y les enseñó a amar viviendo en comunidad.

 

Ser iglesia es mucho más que asistir a un servicio cada domingo. Es aprender a permanecer cuando sería más fácil alejarnos. Es buscar la reconciliación antes que tener la razón. Es abrir espacio en nuestra agenda y en nuestro corazón para caminar junto a otros.

 

Quizá hoy Dios nos está invitando a dar el primer paso: iniciar esa conversación pendiente, dejar de lado una suposición, acercarnos a quien se ha aislado o simplemente sentarnos a escuchar. Porque el mundo ya conoce demasiado bien la división y el individualismo. Que la iglesia sea conocida por algo distinto: por personas que, aun siendo imperfectas, se esfuerzan por preservar la unidad del Espíritu y reflejan el amor de Cristo en la manera en que permanecen unos con otros.

 
 
 

1 comentario


davidlml23
17 jul

🙏🏻

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