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Hoc Est Corpus Meum

  • Foto del escritor: Gabriel Miyar
    Gabriel Miyar
  • 2 abr
  • 2 min de lectura

Tomó un poco de pan y dio gracias a Dios por él. Luego lo partió en trozos, lo dio a sus discípulos y dijo: «Esto es mi cuerpo, el cual es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria de mí». Lucas 22:19


Cuando venimos a Cristo, dejamos atrás muchas creencias y prácticas que habíamos recibido en la iglesia tradicional. En el tema de la comunión o la eucaristía —que sé que es un tema sensible— dejamos atrás la idea de que el pan o la hostia se convierten literalmente en el cuerpo de Cristo cuando el sacerdote los consagra (algunos incluso fuimos enseñados en el catecismo que no debíamos masticar la hostia porque estaríamos masticando el cuerpo de Cristo). Con el tiempo, entendimos que esa no es la enseñanza bíblica.


También dejamos atrás prácticas como la confesión sacramental obligatoria ante un sacerdote. Aunque, no dejamos atrás por completo la confesión, sino que examinamos nuestro corazón para descubrir si albergamos especifícamente algún “pecado contra la comunión,” como “hostilidad, peleas, celos, arrebatos de furia, ambición egoísta, discordias y divisiones” (Gál. 5:20-21); La Santa Cena puede ser ser usada por el Espíritu Santo para prevenir que los conflictos se petrifiquen por años.


Sin embargo, con los años también nos damos cuenta de que no solo heredamos tradiciones del mundo católico, sino también tradiciones dentro del mundo evangélico. Por ejemplo, muchas veces asumimos ciertas prácticas como absolutas: que debemos identificar y confesar cada pecado antes de participar de la Cena del Señor, que es indispensable estar bautizado para participar, o que los niños no pueden participar. Algunas de estas prácticas pueden tener buenas intenciones o fundamentos prudenciales, pero no están establecidas en la Escritura.


En este punto, vale la pena reconocer algo importante: la Reforma protestante recuperó verdades fundamentales del evangelio, pero los reformadores no alcanzaron a reformar cada aspecto de la vida cristiana, como es el caso con la Cena del Señor.


Por ejemplo, Martín Lutero rechazó la idea de la transubstanciación —es decir, que el pan y el vino cambian de sustancia—, pero sostuvo que Cristo está realmente presente en la Cena de una manera especial, “en, con y bajo” los elementos. Juan Calvino, por su parte, enseñó que Cristo está verdaderamente presente, pero no físicamente en el pan y el vino, sino espiritualmente, por medio del Espíritu Santo, y que los creyentes participan de Él por la fe. Otros reformadores, como Zwinglio, enfatizaron más el carácter conmemorativo de la Cena.


Nosotros, como muchas iglesias evangélicas hoy, entendemos que el pan y el vino no se transforman, sino que representan el cuerpo y la sangre de Cristo. Sin embargo, esto no significa que la Cena sea un simple acto vacío o meramente simbólico en el sentido superficial. Es un acto profundamente significativo, donde recordamos, proclamamos y participamos por fe en la obra de Cristo.


Al conectar la Santa cena con la Pascua Judía nuestra comprensión es iluminada. En la Pascua, los elementos —el pan sin levadura, las hierbas amargas, el cordero— no se transformaban en otra cosa, sino que representaban realidades históricas y espirituales: la esclavitud en Egipto, el sufrimiento y la liberación de Dios. Igualmente los elementos de la Santa Cena.

 
 
 

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