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Gracia inteligente

  • Fernando Avilés
  • 14 ago
  • 2 min de lectura

«“¿O menosprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, ignorando que su bondad te guía al arrepentimiento?”

Romanos 2:4»

A veces pensamos en la gracia solamente como aquello que Dios nos da después de haber fallado. Como si fuera una especie de recurso de emergencia del cielo: pecamos, nos equivocamos, volvemos arrepentidos y entonces aparece la gracia. Pero creo que la gracia es mucho más inteligente que eso. La gracia es una de las maneras en las que Dios ha decidido acercarnos a Él.


Dios podría relacionarse con nuestra maldad solamente desde el juicio. Podría confrontarnos permanentemente con aquello que hacemos mal, recordarnos nuestra deuda y exigirnos que entendamos de una vez por todas cuánto necesitamos cambiar.

Pero hace algo sorprendente: nos ama.


Y ese amor comienza a desarmarnos. Pablo lo expresa de una manera extraordinaria:


«“¿O menosprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, ignorando que su bondad te guía al arrepentimiento?”

Romanos 2:4»


Hay algo profundamente inteligente en la gracia: Dios no solamente nos muestra nuestra oscuridad; enciende una luz tan grande frente a nosotros que comenzamos a verla.


Porque cuando descubro cuánto me ama Dios, también descubro cuánto de ese amor no merecía. Cuando experimento su paciencia, comienzo a reconocer mi necedad. Cuando descubro que sigue llamándome, aun conociendo perfectamente lo que hay dentro de mí, se vuelve difícil continuar justificándome.


La gracia no me dice que mi pecado no importa. Me demuestra que importa tanto, que Cristo tuvo que cargar con él; pero también que soy tan amado, que decidió hacerlo. Por eso la gracia verdadera no produce indiferencia hacia el pecado. Produce arrepentimiento.


No porque Dios nos haya acorralado con culpa, sino porque su bondad nos ha dejado sin buenos argumentos para permanecer lejos. Quizá esa sea una de las cosas más hermosas de la gracia: nos permite reconocer nuestra maldad sin obligarnos a escondernos de Dios.


Puedo mirar honestamente lo que hay en mí porque, al mismo tiempo, estoy descubriendo lo que hay en Él. Y cuando ambas cosas se encuentran (mi profunda necesidad y su extraordinaria bondad) sucede el arrepentimiento.


Entonces entendemos que arrepentirnos no es solamente sentirnos mal por habernos alejado. Es finalmente reconocer que, después de todo, no existe un lugar mejor al cual volver.

 
 
 

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