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Espacio en su Cuerpo

  • Pame Miyar
  • 13 mar
  • 2 min de lectura

Aquí tienes a la sierva del Señor —contestó María—. Que él haga conmigo como me has dicho. Lucas 1:38 (NVI)


La respuesta de María no nació de la ignorancia. De hecho, momentos antes había tenido una conversación muy lógica con el ángel: “¿Cómo será esto” —preguntó—, “puesto que soy virgen?”


María no respondió con fe ciega. Su obediencia se apoyaba en lo que ella ya sabía de Dios y en las promesas que Él había dado a su pueblo. Se atrevió a creer que, de alguna manera incomprensible, Dios la estaba escogiendo para participar en el cumplimiento de esas promesas.


Por eso no sorprende que la primera discípula de Cristo sea también quien nos da una de las lecciones más claras sobre lo que significa ser discípulo.


A veces pensamos que la fe consiste en ignorar las circunstancias que tenemos enfrente, lo que muchos llaman “fe ciega”. Pero la fe no es ciega; simplemente tiene la mirada puesta en el lugar correcto. La fe ve el panorama completo, reconoce las dificultades, pero decide fijar su mirada en la verdad de Dios y en sus promesas. Y desde ahí avanza y vence la adversidad.


La fe, como nos enseña María, no se queda en palabras; se traduce en hechos. Como escribió Santiago: “Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré la fe por mis obras.”


María literalmente le dio espacio a Cristo en su cuerpo: durante nueve meses lo llevó dentro.


Pero también le dio espacio en su vida. Cambió su agenda, sus planes y sus expectativas para que el Reino de Dios irrumpiera en la historia. Se atrevió a creer que Dios quería usarla a ella para cumplir las promesas hechas a su pueblo.


María entendió su lugar en la historia y el tiempo que estaba viviendo. Pero, sobre todo, le creyó a Dios.


Y entonces surgen las preguntas inevitables:


¿No estamos también nosotros llamados a vivir así?


¿No estamos llamados a ser templo del Espíritu Santo en nuestros cuerpos?


¿A cambiar nuestra agenda para que el Reino de Dios se expanda?


¿A creer que Dios quiere usarnos justo donde estamos, aun cuando no tengamos las credenciales que creemos necesarias?


¿Acaso no estamos todos llamados a participar en la historia que Dios está escribiendo, por medio del poder de Dios que habita en nosotros?


Hoy que estás leyendo esto, acuérdate que Dios te escogió al igual que escogió a María, y que eres parte de la historia que Él está escribiendo en la humanidad.


Y con mucha humildad y paz te invito a decirle a Dios:


“Aquí tienes a tu sierv@ Señor, haz conmigo como me has dicho.”

 
 
 

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