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El Síndrome de Estocolmo

Foto del escritor: Gabriel Miyar
Gabriel Miyar
hace 4 días
2 min de lectura

Antes que llegaran algunos de parte de Santiago, él solía comer con los no judíos. Pero cuando aquellos llegaron, comenzó a retraerse y a separarse de los no judíos por temor a los partidarios de la circuncisión. Gálatas 2:12 (NVI).


Hace un mes —¡ya un mes!— Yessi y yo nos encontrábamos en Málaga, España, en la conferencia Pioneer Europe. En una de las sesiones, el orador, un pastor de Serbia llamado Vlada, decía que la iglesia tiene cuatro maneras de responder ante la cultura del mundo:


1. Síndrome de Estocolmo: La Iglesia se convierte en rehén de la cultura y termina adaptándose a sus valores.

2. Enfoque benedictino: El intento de aislarse por completo de la cultura, algo que resulta prácticamente imposible.

3. Nacionalismo cristiano: La expectativa de que surja un líder político capaz de redimir a la nación.

4. Estrategia tesalonicense: Trastornar el mundo mediante una manera de vivir auténtica, valiente y llena de misericordia.


Me pregunto si la iglesia de Jerusalén, en el siglo I, no habrá mostrado algunos síntomas del síndrome de Estocolmo (Vlada usaba esta expresión de manera semihumorística) en su relación con la cultura religiosa que la rodeaba


El síndrome de Estocolmo es un fenómeno psicológico en el que una persona que ha sido víctima de secuestro, abuso o maltrato desarrolla sentimientos de afecto, lealtad, simpatía o incluso identificación con su agresor. Se considera una posible respuesta de adaptación y supervivencia ante situaciones de miedo, dependencia o sometimiento prolongado. La víctima puede llegar a justificar, defender o minimizar las acciones de quien la perjudica, e incluso resistirse a recibir ayuda para escapar de esa relación.


Creo que Gálatas 2:4 y 2:12 nos ofrecen una pista importante. La iglesia madre, bajo el liderazgo de Santiago, parecía experimentar cierta tensión entre el evangelio de la gracia y las tradiciones religiosas de su entorno, quizás influida por su notable crecimiento: “Luego dijeron a Pablo: «Ya ves, hermano, cuántos miles de judíos han creído, y todos ellos siguen aferrados a la Ley” (Hechos 21:20). Me pregunto si la iglesia cristiana en Jerusalén, entusiasmada con su propio crecimiento, no estaba permitiendo que ciertas convicciones de la cultura religiosa judía comprometieran la libertad del evangelio. Quizás, sin proponérselo, estaba creando un ambiente favorable para el surgimiento de partidarios de la circuncisión que luego irían a perturbar a las iglesias gentiles.


Aunque el concilio de Jerusalén (Hechos 15) había reconocido formalmente la libertad de los creyentes gentiles, ciertas tendencias legalistas continuaban presentes dentro de la iglesia. Hechos 21:17-25 sugiere que esas convicciones habían adquirido una fuerza considerable entre los creyentes de Jerusalén.


La oposición judaizante no desapareció simplemente porque los apóstoles hubieran resuelto doctrinalmente la cuestión. Las tensiones, al parecer, persistieron. Una iglesia puede haber resuelto correctamente una controversia doctrinal en su liderazgo y, sin embargo, continuar albergando entre sus miembros convicciones contrarias a esa resolución. Eso es precisamente lo que parece haber sucedido entre Hechos 15 y Hechos 21.


Lo que fallamos en confrontar puede tener repercusiones más allá de las fronteras de nuestra propia congregación. Gálatas está lleno de sobrias lecciones que nos pueden orientar en estos tiempos complicados.

 
 
 

1 comentario


Ximena Garabito
Ximena Garabito
hace 3 días

Excelente reflexión.

Definitivamente, Gálatas es una carta a la que debemos regresar a lo largo de nuestra vida. Nos recuerda que estamos llamados a incomodar a nuestra cultura, no a acomodarnos a ella.

Nuestro llamado es ser la sal de la tierra; una ciudad en lo alto de un monte que no se puede esconder. Y, sin embargo, a veces lo intentamos. Intentamos escondernos, disimular aquello que nos hace diferentes para encajar entre quienes nos rodean. Porque, en el fondo, existe en nosotros un deseo de pertenencia.

No pretendo saber qué pasaba por la mente de Pedro, pero intuyo que pudo experimentar algo parecido. Él amaba a Jesús. No cabe duda de que dejó en su corazón una huella indeleble.…

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