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El Peso del Liderazgo

  • Foto del escritor: Gabriel Miyar
    Gabriel Miyar
  • 27 nov
  • 2 Min. de lectura

Confiésense los pecados unos a otros y oren los unos por los otros, para que sean sanados. La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos. Santiago 5:6


Muchas veces pensamos en la vida de la iglesia como algo que funciona jerárquicamente de arriba hacia abajo: los pastores enseñan, los líderes guían, y los demás reciben. Pero cuando abrimos el Nuevo Testamento, descubrimos algo sorprendente: La iglesia no está construida solamente sobre el liderazgo, sino sobre la interacción mutua entre los miembros.


La frase “unos a otros” aparece una y otra vez, como un latido que marca el ritmo del cuerpo de Cristo. Es la manera en que Dios diseñó que su pueblo funcione diariamente, no solo en el servicio del domingo.


Habiendo dicho esto, no podemos negar que como pastores y pastoras, la gente acude a nosotros con mayor frecuencia y con confesiones que desgarran el alma. No pasa mucho tiempo en el ministerio sin que se vayan acumulando en nuestro corazón situaciones muy pesadas que guardamos literalmente como secreto de confesión. Este es un aspecto difícil del liderazgo pastoral que requiere de toda la fe y todo el poder sanador de la gracia, que Santiago describe como produciendo “resultados maravillosos.”


Pero, muchas veces, antes de ver esos resultados maravillosos, pasamos por un proceso a veces sumamente doloroso al identificarnos con la terrible gama de la debilidad y maldad humanas. Pablo dice: “Me enferma ver que alguien se enferme, y me avergüenza y me enoja ver que se haga pecar a otros” (2 Cor. 11:29, TLA).


Si realmente tienes un corazón pastoral, no puedes ver estas cosas con una mente fría, compartes la carga emocional y, como dice Pablo aquí las confesiones más difíciles de sobrellevar son aquellas en las que la persona confiesa el pecado que otro cometió en su contra con consecuencias que pueden marcar a alguien por toda la vida.


Lo único que mitiga esta pesada carga del ministerio es saber que estás compartiendo ese sufrimiento con Cristo. Como dice, de nuevo Pablo: Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la iglesia (Colosenses 1:24, NVI).


Si, hay desgaste en el alma del lider al ver los estragos que deja el pecado. Pero, compartirlos con Cristo por medio de la gracia, te renueva y fortalece.


«Señor, como miembro de tu cuerpo, te agradezco profundamente por tu maravillosa gracia que tiene el poder de perdonar y sanar. Enséñame a escuchar sin juzgar, a guardar absoluta confidencialidad y a orar con una fe llena de misericordia. Amén.»

 
 
 

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