El maestro que transforma
- Jenny Monteverde
- 20 mar
- 2 Min. de lectura
4. Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, ¿qué hará? ¿No dejará las otras noventa y nueve en el desierto y saldrá a buscar la perdida hasta que la encuentre?
8. O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No encenderá una lámpara y barrerá toda la casa y buscará con cuidado hasta que la encuentre? Lucas 15: 4 y 8 (NTV)
Para que ocurra un verdadero aprendizaje se necesitan dos elementos esenciales: un maestro dispuesto a enseñar con paciencia, y un alumno dispuesto a aprender. Si uno de los dos falta, el aprendizaje simplemente no sucede.
En los pasajes de Lucas 15, Jesús nos da un ejemplo claro de lo que significa enseñar con intención. A través de historias sencillas —una oveja perdida y una moneda extraviada— transmite una verdad profunda: el inmenso valor de una sola persona y la alegría de Dios cuando alguien regresa a Él.
Pero Jesús no se detiene ahí. Continúa con una tercera historia, la del hijo perdido. Esto nos muestra algo importante: Jesús no enseñaba de forma superficial. Él profundizaba, repetía y utilizaba distintos ejemplos hasta asegurarse de que todos pudieran comprender el mensaje.
A lo largo de la vida, muchos de nosotros hemos tenido distintos tipos de maestros. Algunos simplemente transmiten información y esperan que el alumno comprenda. Otros, en cambio, hacen todo lo posible por asegurarse de que el aprendizaje realmente ocurra.
Jesús, sin duda, pertenece al segundo grupo.
Algo que admiro mucho de Él es su capacidad para conectar con las personas. No enseñaba de manera aislada o desconectada de la realidad. Observaba su entorno, entendía a la gente y utilizaba ejemplos cotidianos: semillas, ovejas, monedas. Tomaba lo común para explicar lo eterno.
Enseñar de esta manera no es sencillo. Implica sensibilidad, sabiduría y una intención genuina de llegar a todos, incluso a aquellos que aprenden de manera diferente. Jesús lograba esto de forma natural, alcanzando tanto a adultos como a niños, sin necesidad de palabras complicadas.
Sin embargo, no todos tenían un corazón dispuesto a aprender. Aun así, eso no detuvo a Jesús. Él continuó enseñando, porque siempre hay alguien listo para escuchar.
Este pasaje no solo nos habla de cómo Jesús enseñaba, sino también nos invita a reflexionar: ¿tenemos un corazón enseñable? ¿Estamos dispuestos a aprender y también a enseñar a otros con paciencia y amor?
Porque al final, el aprendizaje verdadero no solo transforma la mente… transforma el corazón.
Señor ayúdanos a tener ese corazón enseñable que reciba tus enseñanzas y las ponga en práctica, ayúdanos a tener un corazón dispuesto a enseñar a otros, así como tú nos enseñaste.

Amen!