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El Gordo y el Flaco

  • Foto del escritor: Gabriel Miyar
    Gabriel Miyar
  • 7 ago
  • 3 min de lectura

Hoy es nuestra última reflexión sobre el tema de la amistad. Es un tema que conforme lo fuimos enseñando, nos fuimos dando cuenta cada vez más y más de su enorme importancia.


Cuándo yo era niño, me gustaba mucho ver en la televisión a Viruta y Capulina (yo imito muy bien a Viruta —Virus— cuando decía: “¡Capuliiiiiiiina!” Muchos de ustedes, probablemente ya no saben quienes eran estos cómicos mexicanos. También estaba otra pareja, que nos hacía reír muchísimo que eran Los Polivoces. Ellos inventaron personajes que se hicieron icónicos. Mis compañeros y yo llegábamos a la escuela el día después del show imitando a estos imitadores: “¡Ahí, madre!”


Lo triste es que ambas parejas de cómicos terminaron teniendo desacuerdos tan enormes que acabaron por separarlos. Por un tiempo algunos de ellos intentaron seguir solos, pero ya no era lo mismo, se había perdido la magia, se había perdido la sinergia.


Por contraste, hubo una pareja de cómicos norteamericanos, aún anteriores: El Gordo y el Flaco (Oliver Hardy y Stan Laurel, respectivamente). A mí se me hacían exageradamente divertidos, y disfrutaba mucho de ver sus películas.


Te recomiendo una película relativamente reciente que habla acerca de la vida de ellos: Stan & Ollie (2018), con Steve Coogan y John C. Reilly. Está en Sony One (pero yo la puedo alquilar desde Prime por $ 39.oo pesos. Tal vez tu puedes desde tu plataforma. Búscala).


Ellos también pasaron por un tremendo conflicto. Todo comenzó alrededor de 1950, cuando el productor Hal Roach no renovó el contrato de Stan Laurel. Stan esperaba que Oliver Hardy se negara a trabajar sin él como una muestra de solidaridad. Sin embargo, Oliver aceptó hacer una película con otro comediante, Harry Langdon.


Para Stan, aquello fue una traición. Él había dedicado incontables horas a escribir, perfeccionar gags y construir el éxito del dúo. Sentía que Oliver había puesto su comodidad y su sueldo por encima de la amistad y de todo lo que habían construido juntos.


En la película, ese resentimiento permanece enterrado durante años y finalmente explota en una discusión muy fuerte en un camarín durante la gira por Inglaterra. Se dicen cosas que habían callado durante décadas.


Lo hermoso es cómo lo superan. No hay un gran discurso ni una reconciliación melodramática. Poco a poco ambos llegan a comprender el punto de vista del otro. A partir de ahí, dejan de intentar resolver el pasado y simplemente vuelven a ser amigos. Cuando la salud de Oliver empeora, Stan ya no está interesado en tener razón; solo quiere estar con él.


Hay una escena en la que Stan visita a Ollie después del infarto. Ollie está en cama, físicamente muy debilitado, y Stan entra con una mezcla de culpa, cariño y temor de perder a su amigo. Ya no quedan reproches importantes; lo que permanece es el afecto profundo entre dos hombres que han compartido prácticamente toda una vida. La escena incluso hace eco de uno de sus famosos sketches del hospital, pero esta vez el humor cede el lugar a la realidad. Los gestos son mínimos: Stan lo acomoda con delicadeza y ambos se entienden casi sin palabras. Muchos críticos la consideran el corazón emocional de la película.


Más adelante, cuando Ollie, ya muy enfermo, insiste en volver al escenario para actuar una vez más con Stan. Saben que probablemente será una de sus últimas funciones juntos. No actúan porque necesiten el dinero ni porque crean que recuperarán la fama; actúan porque eso es lo que son cuando están juntos. La película transmite la idea de que Laurel y Hardy eran más que un dúo cómico: eran una identidad compartida.


Creo que esa es la razón por la que la película funciona tan bien. No trata realmente sobre la decadencia de dos estrellas de cine; trata sobre una amistad de décadas, en la que dos personas descubren, ya al final de sus vidas, que el mayor éxito que tuvieron no fue hacer reír al mundo, sino haberse tenido el uno al otro.


¡Ve tú, pues, y haz lo mismo!

 
 
 

1 comentario


gregorio.juaristi
07 ago

Ni los desacuerdos, ni el tiempo, ni la distancia, ni la política, ni la religión, ni la pobreza o riqueza podrá separar una verdadera amistad formada por el amor de Dios.

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