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Desacelerar para Escuchar

  • David Campos
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

Mientras estaba allí, el Señor pasó y vino un viento recio, tan violento que partió las montañas y destrozó las rocas, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. 12 Tras el terremoto vino un fuego, pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y después del fuego vino un suave murmullo. 13 Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto y, saliendo, se puso a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le dijo: —¿Qué haces aquí, Elías?1 Reyes 19:11-13


Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Mientras más ocupados estamos, más exitosos parecemos. Incluso dentro de la iglesia podemos llegar a pensar que una agenda llena es sinónimo de una vida espiritual saludable. Sin darnos cuenta, comenzamos a correr de actividad en actividad, de responsabilidad en responsabilidad, creyendo que avanzar más rápido significa caminar más cerca de Dios.


La historia de Elías nos muestra otra realidad.


Después de una de las mayores victorias espirituales de su vida en el monte Carmelo, donde Dios respondió con fuego y todo el pueblo reconoció que Él era el Señor, Elías terminó agotado, asustado y huyendo al desierto. Lo que parecía el punto más alto de su ministerio fue seguido por uno de los momentos más oscuros de su alma. Esto nos recuerda que las grandes victorias públicas nunca sustituyen el cuidado privado del corazón.


Cuando Dios encuentra a Elías en Horeb, no lo recibe con reproches. Primero lo alimenta, le permite descansar y luego lo invita a escucharlo. Dios no se manifestó en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un suave susurro. El Señor quería enseñarle a Elías que Su presencia no solo se encuentra en los momentos espectaculares, sino también en el silencio de una relación íntima con Él.


Quizá hoy nosotros también necesitamos escuchar ese mismo susurro. Muchas veces la prisa no nace únicamente de nuestras responsabilidades, sino de nuestros temores: el miedo a no ser suficientes, a decepcionar a otros o a sentir que nuestro valor depende de lo que hacemos. Sin embargo, nuestra identidad no está en nuestra productividad, sino en que somos hijos e hijas de Dios.


Jesús nunca vivió apresurado. Caminaba al ritmo del Padre. Sabía detenerse, orar, descansar y estar plenamente presente con las personas. Su vida nos recuerda que el discipulado no consiste en hacer más cosas para Dios, sino en permanecer cerca de Él.


Tal vez Dios no está pidiéndote que hagas más esta semana. Quizá te está invitando a detenerte, examinar tu corazón y volver a escuchar Su voz. Porque el alma no madura al ritmo de una agenda llena, sino al ritmo de la presencia de Dios.


Cuando aprendemos a desacelerar, descubrimos que Dios sigue hablando. Y quienes aprenden a escuchar Su susurro encuentran la dirección, la paz y las fuerzas necesarias para continuar caminando con fidelidad.


Preguntas para reflexionar:


1. ¿Qué cosas en mi vida me mantienen corriendo y dificultan que escuche la voz de Dios?

2. ¿Hay algún "ídolo" (productividad, éxito, aprobación, ministerio, trabajo, etc.) que esté ocupando el lugar que solo Dios debe tener en mi corazón?

3. ¿Qué práctica concreta podría incorporar esta semana para crear espacios de silencio y comunión con Dios?

4. Después de esta reflexión, ¿qué crees que Dios te está susurrando personalmente en esta temporada de tu vida?

 
 
 

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