Deja Salir al Genio
- Gabriel Miyar

- 28 may
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María tomó entonces como medio litro de nardo puro, que era un perfume muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús, secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Juan 12:3 (NVI).
(Algo costoso que rompes y su contenido se esparce y ya no lo puedes regresar al frasco).
Estoy seguro de que todos me han escuchado decir que mis nietas —que ya son tres— son mi adoración, en el sentido popular de la palabra, no en el sentido teológico. Disfruto su compañía como no tienen una idea. De hecho, cuando me preguntan que a dónde voy los miércoles o los sábados cada quince días, ¡les digo que a tener unas horas de felicidad!
Pero no se crean, no fue tan sencillo al principio, yo era un hombre sin hijos empedernido. Muy acostumbrado a mí comodidad. Y no le digan a mi familia, pero al principio me costaba trabajo toda la chamba que implica tenerlas y cuidarlas, —aunque sin duda Yessi siempre ha llevado la mayor parte— pero, aún así tuve que cambiar mi actitud en más de una forma… por adorables que sean, hacen un tiradero desproporcionado a su tamaño y nunca se sabe con qué exigencias físicas te van a embarcar en sus juegos (ya estoy muy viejo para “tu la traes,” pero puedo entrar fácilmente a las fantasías elaboradas que fabrica Julieta).
Así exactamente es con el Espíritu Santo. Puede fascinarte y ser tu adoración, ahora sí en el sentido teológico, pero tienes que estar dispuesto a lo messy (caótico) que puede ser. El Espíritu Santo puede dejar un tiradero tras de sí (literalmente). Puede voltear patas para arriba tu vida en formas que no planeabas. Como dice Simeon Zahl, “abrirle la puerta al Espíritu Santo es iniciar una cadena de sucesos sobre los cuales no tienes ningún control.” Es dejar salir al genio de la lámpara. Una vez fuera de la lámpara no sabes exactamente qué va a hacer y cómo va a complicar tu vida, pero puedes estar seguro de que al final terminarás lleno de gozo y satisfacción y con tu vida radicalmente transformada. Avivamiento es que esto suceda no sólo en la vida de algunos individuos sino en la generalidad de la congregación.
En resumen, se trata de abrir la boca, para que Dios la llene:
“Abre tu boca, y yo la llenaré.”
— Salmo 81:10

Amen