Comprando Autoestima
- Juan Pablo Zambrano
- 10 feb
- 2 Min. de lectura
Cuando el joven escuchó lo que Jesús le dijo, se fue triste porque tenía muchas posesiones. Mateo 19:22
Este domingo reflexionamos sobre otra de las áreas en las que La Máquina busca dominarnos de manera constante: el consumismo. Vivimos en una época donde esta tendencia se encuentra en su punto más alto. El consumismo puede definirse como la inclinación desmedida a adquirir, gastar o consumir bienes que muchas veces no son necesarios. Más allá de lo material, este fenómeno afecta profundamente nuestra manera de pensar, sentir y valorar la vida.
La pregunta clave es: ¿Por qué compramos? ¿Qué nos mueve realmente a adquirir cosas? La respuesta no está solo en la utilidad o la calidad de los productos. Después de la Primera Guerra Mundial surge una figura clave para entender este comportamiento: Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud. Influenciado por las ideas del inconsciente humano, Bernays desarrolló lo que hoy conocemos como marketing inconsciente o marketing emocional moderno. A partir de ese momento se descubrió que las masas no reaccionan principalmente a datos o argumentos racionales, sino a símbolos, emociones y deseos profundos.
Desde entonces, las campañas dejaron de centrarse en el producto en sí y comenzaron a enfocarse en el deseo, el estatus y la identidad. Los productos se vincularon con el valor personal, la aceptación social y la sensación de pertenencia. Así, ya no se compran cosas, se compra significado. El consumismo adquirió tintes casi religiosos, prometiendo satisfacer necesidades profundas del corazón humano: sentirnos suficientes, admirados, seguros e independientes.
Esto explica por qué muchas veces compramos no tanto por gusto o calidad, sino por lo que creemos que otros pensarán de nosotros al poseer cierto auto, reloj o bien material. El problema no es el objeto, sino el lugar que ocupa en el corazón.
Este conflicto queda claramente expuesto en la historia bíblica del joven rico. Él se acerca a Jesús buscando la respuesta para obtener la vida eterna. Jesús, al conocer su corazón, le pide que venda todo lo que tiene, lo dé a los pobres y lo siga. Ante esta invitación, el joven se va profundamente triste, pues comprende que seguir a Jesús implicaba renunciar a su verdadero dios: el materialismo.
Este relato es especialmente impactante porque el joven rico es la única persona registrada en la Biblia que, después de encontrarse con Jesús, se va peor de lo que llegó. No pudo desprenderse del ídolo que ocupaba el centro de su corazón y, por ello, no dejó espacio para Dios.
La reflexión final es profundamente personal: ¿Hay algo en nuestra vida que, si Jesús nos lo pidiera, no estaríamos dispuestos a dejar? La oración es que Dios, en su gracia y amor, nos revele cualquier cosa que esté ocupando un lugar que no le corresponde, para no alejarnos de su presencia con tristeza, sino para aprender a soltarlo todo por Él. Al final, que nuestros ojos espirituales sean abiertos para entender que no existe tesoro más grande que Jesús mismo, el mayor de todos los tesoros, tanto en la tierra como en el cielo.

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