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Abriendo Nuestro Entendimiento

  • Bárbara Montemayor
  • 22 ene
  • 2 Min. de lectura

Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre su pueblo santo. Efesios 1:18 (NVI)


¿Recuerdas cómo en la infancia veías las cosas de manera muy diferente a como las ves ahora? O cómo, en algún punto de tu vida, anhelaste algo y hoy, desde otra perspectiva, te das cuenta de que no era tan necesario o importante como creías.


A menudo sucede que nuestros anhelos y afanes cambian conforme maduramos. Esto no quiere decir que todos nuestros deseos hayan sido malos (aunque a veces sí), sino que, en muchos casos, nuestra mirada no estaba completa; carecía de una visión más amplia y profunda. Quizás veíamos cosas que son pasajeras como la fuente de felicidad o permitíamos que los afanes terrenales dictaran el rumbo de nuestro día a día.


En la Biblia, el corazón representa nuestro interior: pensamientos, emociones y voluntad. Por eso, cuando Pablo hacía esta oración, pedía a Dios que el entendimiento y las convicciones que guían nuestras acciones y palabras fueran iluminadas por las cosas del Espíritu.


La traducción Reina-Valera 1960 lo expresa así:


“Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos”.


Cuando nuestro entendimiento es iluminado, es porque hemos conocido quién es Dios por medio del Espíritu Santo y la verdad de su Palabra. Cuando Él alumbra nuestra mirada, comenzamos a ver las cosas desde su perspectiva. Dios nos llama a mirar lo glorioso, lo eterno y celestial desde esa visión. Muchas de las cosas que el mundo considera urgentes pierden peso, y aquello que parecía invisible adquiere importancia y valor eterno.


Así que, ¿estás viendo tu vida con los ojos con los que este mundo ve? ¿O estás viendo con los ojos iluminados por Él? Si es lo segundo, entonces la espera vale la pena, las prioridades se reordenan y nuestro caminar nos conduce verdaderamente a ser más como Cristo, con la mirada puesta en la gloria eterna a la cual somos llamados.

 
 
 

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