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  • Foto del escritorGabriel Miyar

Tres Raíces

Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada. Juan 15:5 (NTV).


El lunes fuimos casi toda mi familia a visitar un viñedo en San Miguel Allende que se llama Tres Raíces. Tuvimos, no uno, sino dos guías, que nos explicaban como se hace el vino desde que se planta un sarmiento de vid hasta que se prensan las uvas y se almacenan en barricas de roble blanco traídas de Europa y de Estados Unidos. El vino mexicano de está región está poco a poco adquiriendo fama, y ya compite con algunos vinos chilenos y argentinos.


Fue una gran experiencia escuchar como se cultivan las uvas, con cuánto esmero se cuidan los niveles de azucar y los demás indicadores. Cómo se hacen las diferentes clases de vino, blanco, rosado y tinto, y sus diferentes denominaciones. Estar en la bodega donde reposa el vino, tanto en las barricas como ya en las botellas, con un control detallado de la luz, temperatura y humedad fue algo singular. Me hizo pensar en los siglos y milenios que lleva el cultivo de esta planta y todo el conocimiento y experiencia acumulados en todo este tiempo.


En el viñedo también plantaron olivos para cosechar las aceitunas y extraer también su aceite para el restaurante. Vides y olivos. Dos plantas bíblicas por excelencia. Dos plantas con un profundo simbolismo cristiano. Pude “ver” a Cristo y al Espíritu Santo en cada palmo de ese terreno.


Al ver las plantas de vid, recordé como el Señor Jesús dijo que él es la vid y nosotros las ramas que reciben la rica sabia de vida que procede de él y producen el anhelado fruto. Me sentí muy humilde al ver cómo dependo de su vida y como debo permancer en él y no distanciarme ni tantito.


Naturalmente, pensé en las bodas de Caná y en cómo nuestro Señor Jesús se saltó todo el proceso, que puede durar años, y convirtió en un instante el agua en el mejor vino que se hubiera producido en el mundo meditarraneo (tan famoso por sus vinos). Pensé en la copa de la Cena de Pascua que nos dio la Santa Cena, que celebramos en conmemoración del cuerpo de Cristo partido, y su sangre derramada en la cruz por nosotros. También pensé en las parábolas de los viñedos.


Para ser sincero, en viajes anteriores a la región me había dado flojera visitar los viñedos. Hoy doy gracias de haber tenido esta singular experiencia. Y me sentí muy conmovido al constatar una vez más cómo la vida de Jesús colorea mi vida entera y la de mi familia ¡Amo al Señor Jesús, mi vid y mi olivo!


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