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Resurrección es Validación

  • Arturo Miyar
  • 6 abr
  • 2 Min. de lectura

Al verlo, caí a sus pies como muerto; pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: «No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último. Yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y sus dominios. Apocalipsis 1:17-18


Juan, el Apóstol, narrando las impresionantes visiones y revelaciones descritas en el libro del Apocalipsis, menciona ver a Jesús glorioso y majestuoso diciéndole entre otras cosas; yo soy el que vive. “Estuve muerto, pero ahora vivo” por los siglos de los siglos. Recordándole a Juan y a todo ser creado que el es Jesucristo hombre y siempre lo será, al igual que siempre será Dios eterno, el Alfa y la Omega.


Sabemos que, para llegar a ser humano, Dios Hijo tuvo que participar de carne y sangre naciendo de una virgen santa y pura. Y ya en nuestra semejanza absoluta, se rebajó por debajo de los hombres tomando forma de siervo, y también de cordero, para así ser sacrificado y con su sangre derramada cubrir por completo nuestra culpa y pecado. Al igual que los corderos sacrificados año tras año en el tabernáculo de Dios para cubrir los pecados del pueblo.


Esta sangre de los corderos, era introducida al lugar santísimo del tabernáculo y derramada sobre el propiciatorio por el sumo sacerdote escogido por Dios, para llevar a cabo esta acción santa en representación de todo el pueblo de Israel. Sin este paso importantísimo, el sacrificio estaría incompleto, la muerte del cordero no serviría de nada hasta que la sangre fuera presentada a Dios y aceptada por El.


Es por ello que Jesús además de ser el cordero escogido, es también el Sumo sacerdote designado por Dios para esta obra única: Presentar la sangre, “su propia sangre”, en el propiciatorio del tabernáculo original y celestial no hecho por manos humanas sino divinas (Hebreos 9).


Ahí en el tabernáculo celestial, Jesucristo entra y derrama su preciosa sangre para purificar las “realidades eternas e invisibles” que habían también sido contaminadas por el pecado. Y el Padre, satisfecho con semejante acción poderosa y gloriosa de su amado hijo, “le resucita como plena y clara señal de aceptación y validación” de su sacrifico único y voluntario.


Así, la justicia del padre es satisfecha, el amor es engrandecido y la justificación es derramada sobre todo aquel que cree en el nombre de Jesús.


Amado Señor, queremos vivir y experimentar tu poderosa resurrección, hoy, mientras estamos aun en esta vida, no queremos esperar a morir para vivir una vida nueva, porque la realidad de la nueva vida eterna comienza hoy aquí en este mundo. Y su poder está a nuestra disposición por la fe. Te amamos, amado Señor Jesús, cordero de Dios y sumo sacerdote del Altísimo.

 
 
 

1 comentario


Gerardo Arroyo Jiménez
Gerardo Arroyo Jiménez
07 abr

Bendito eres padre, por el sacrificio de tu hijo amado, la humanidad ha sido perdonada, por la resurrección has vuelto ente nosotros con vida y amor para el hombre.... Amén

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