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Relación y dependencia

Fer Avilés
hace 5 días
2 min de lectura

»Ustedes deben orar así:

»“Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre.10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad    en la tierra como en el cielo. Mateo 6:9-10 NVI


Podemos creer profundamente en Dios y, aun así, pasar buena parte del día viviendo como si estuviéramos solos. Pensamos, resolvemos, trabajamos, nos preocupamos, tomamos decisiones y cargamos con aquello que no sabemos cómo solucionar. No hemos dejado de creer en Dios; simplemente, por momentos, hemos dejado de vivir conscientes de Él.

 

Entonces oramos.

 

Y Jesús nos enseña a comenzar de una manera extraordinaria: “Padre nuestro”.

 

La oración nos devuelve a una realidad que nuestras preocupaciones pueden hacernos olvidar: Dios está ahí. No hablamos al vacío ni realizamos solamente una práctica religiosa. Nos dirigimos a Alguien. A un Dios real, presente y cercano que nos permite acercarnos a Él como Padre.

 

Somos seres profundamente relacionales. En nuestras relaciones aprendemos a confiar, pertenecer, amar, pedir, expresar lo que sentimos y reconocer nuestras necesidades. La relación con Dios también necesita expresión. Por eso oramos. No porque tengamos que explicarle algo que desconoce, sino porque necesitamos presentarnos delante de Él.

 

En la oración podemos agradecer, llorar, preguntar, reconocer nuestros temores, confesar nuestros pecados y expresar aquello que necesitamos. No oramos para informarle a Dios; oramos para exponer nuestro corazón delante de Él.

 

Pero Jesús introduce algo todavía más profundo. Antes de enseñarnos a decir “danos”, nos enseña a decir: “Hágase tu voluntad”.

 

Orar no es solamente presentar nuestra voluntad esperando que Dios la cumpla; también es presentarla para rendirla. Es reconocer nuevamente: Tú eres Dios. Esto deseo, esto necesito, esto temo, pero sigo confiando mi vida a Ti.

 

Quizá por eso el salmista puede llevar la necesidad a su expresión más básica:

 

“Dios, tú eres mi Dios; yo te buscaré de madrugada. Mi alma tiene sed de ti; mi carne te anhela, cual tierra seca y árida donde no hay aguas.” Salmo 63:1 (RVC)

 

La sed no es un lujo; es una necesidad primaria. Y el salmista no dice que tiene sed solamente de una respuesta, una provisión, una sanidad o una intervención. Tiene sed de Dios.

 

Ahí encontramos una de las razones más profundas para orar.

No solamente necesitamos cosas de Dios. Necesitamos a Dios.

 

Necesitamos volver a reconocerlo presente, acercarnos como hijos, rendir nuestra voluntad y aceptar nuestra dependencia.

 

Quizá orar sea precisamente eso: dejar de vivir por un momento como si estuviéramos solos y volver conscientemente delante del Padre.

 
 
 

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