Ríos de Agua Viva
- Gabriel Miyar

- 27 may
- 2 min de lectura
“Vengan y oigan, todos los que temen a Dios,
y contaré lo que ha hecho a mi alma.”
— Salmo 66:16
“He anunciado justicia en grande congregación;
he aquí, no refrené mis labios, Jehová, tú lo sabes.”
— Salmo 40:9
“Mi boca hablará de tu justicia
y de tu salvación todo el día,
aunque no sé su número.”
— Salmo 71:15
“Para que publique con voz de acción de gracias,
y cuente todas tus maravillas.”
— Salmo 26:7
No sé qué piensas tú cuando escuchas la expresión, “de su interior fluirán ríos de agua viva.” Probablemente alguna caricatura de alguien abriendo la boca para soltar un torrente de agua. O tal vez por asociación con el pasaje de la Samaritana, una fuente dentro de nosotros de la que brotan chorros de agua. Cualquiera que sea la imagen que viene a tu mente a leer esta frase, la pregunta es, ¿qué significa en la realidad cotidiana ser el origen de ríos de agua viva?
Para mí, la imagen que más me ayuda es la de un lugar árido como un desierto del cual brota un manantial que se va haciendo más grande. Traduciendo: Una persona tímida que se levanta a dar una palabra profética, tal vez tituveando al principio, “no estoy muy segura de qué esto venga de Dios, pero”… y ¡Guam! ¡Una palabra sorprendentemente atinada! Terreno árido llenándose de agua. La persona que nunca tocaba temas de religión en su trabajo de repente está hablando con sus compañeros de lo que Dios está haciendo en su vida y de cómo ellos pueden también participar en esta clase de vida.
Éstos son ejemplos de cómo alguien se convierte en una fuente de agua viva. Tal vez tú tengas otros ejemplos prácticos. Siente la libertad de compartírmelos en el espacio de comentarios de esta reflexión.
Una persona que nunca lo había hecho antes, de repente empieza a visitar un hospital, un asilo de ancianos o una casa hogar y descubre que tiene mucho con que bendecir a las personas en esos lugares. Una persona se atreve a preguntar si puede orar por alguien enfermo y, para su sorpresa, la oración funciona y la persona es sanada.
A una persona que nunca lo ha hecho le piden que dé una clase… ¡Wham! un hitazo. Tal vez no de manera perfecta las primeras veces, pero con esa cualidad que llamamos “unción,” que toca los corazones.
Cuando estamos “fluyendo” en el Espíritu sentimos una emoción renovada por lo que el Espíritu Santo está haciendo dentro de la comunidad donde servimos o allá afuera en la sociedad. Sentimos deseos de orar por otras personas, de hablarles de Jesús, de arriesgarnos un poquito. Hallamos que si normalmente no teníamos mucho que decir, y permanecíamos callados, ahora nos sorprendemos de las cosas que nos vienen a la mente y de las cosas que salen de nuestros labios— “¿de dónde salió eso,” decimos. Disfrutamos más en nuestro tiempo con el Señor, lo que antes nos daba flojera ahora nos emociona. Hay un gozo nuevo en nuestros corazones.

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