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¿Por qué se Levanta el amigo a Abrir?

  • Ethan Richardson
  • 5 ago
  • 3 min de lectura

“Les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sí se levantará por su insolencia y le dará todo lo que necesite.” (Lucas 11:5–8, RVR adaptado del ESV)


No hay duda de que esta es una parábola acerca de la oración. Durante mucho tiempo pensé —y me parece comprensible hacerlo— que Jesús estaba diciendo que, si oramos suficientes veces, o si sonamos lo bastante desesperados, o si hacemos los gestos apropiados o nos arrodillamos de cierta manera, lograremos convencer al Señor de levantarse de la cama para venir en nuestra ayuda.


Sin embargo, no creo que eso sea lo que el pasaje enseña.


Más bien, me parece que la parábola responde a una pregunta diferente. No tanto ”¿Cómo debo orar?” o ”¿Qué sucede cuando oro?”, sino ”¿Por qué nuestro Buen Amigo viene a la puerta para ayudarnos?”


Esa parece ser la verdadera pregunta.


No se trata de si vendrá, sino de por qué viene.


¿Por qué se levanta, aun cuando sus hijos están durmiendo a su lado —¡seguramente los despertará!— para ayudar al que llama a la puerta? ¿Por qué se levanta por alguien que, después de todo, bien pudo haber avisado con anticipación? ¡Qué atrevimiento el de ese visitante!


¿Por qué actuar así cuando el mundo responde: —”¿Por qué no resolviste eso antes?” Cuando el mundo dice: —“Cerrado.” Cuando el mundo dice: —“Está bien, esta vez te ayudaré…” suspirando, poniendo cara de fastidio y con un pesado aire de superioridad moral, comenta que precisamente hoy acababa de conseguir esos panes.


¿Por qué, entonces, se levanta el amigo?


Por la insolencia, por el atrevimiento. Porque la necesidad del que está a la puerta es tan evidente que todas las normas de etiqueta quedan sin importancia. Ya no importa si pedir algo resulta incómodo, si llamar después de la cena es impropio, si despertar a los vecinos es una molestia, si los niños se van a despertar o si uno está haciendo una escenita.


Esto es desesperación.


No queda ningún otro lugar adonde acudir. No hay otro recurso. No existe otra esperanza.


¡Eso es verdadera osadía!


El amigo que está acostado entiende que algo realmente grave debe estar ocurriendo. Nadie llamaría a la puerta a esas horas si no fuera absolutamente necesario. Por eso se levanta.


Hace poco, un amigo mío vivió algo parecido. Su padre estaba a punto de someterse a su tercera operación de corazón en apenas dos semanas, y su familia —que vivía a un vuelo de distancia— estaba, como es natural, completamente sobrepasada.


Sabiendo que lo necesitaban allí, llamó a su trabajo para avisar que tenía que viajar. La respuesta fue hacerle sentir culpable. Sus compañeros le dijeron, con una pasividad casi calculada: —“Ve, pero debes saber que tu evaluación de desempeño se verá afectada por tu ausencia.”


Cuando llegó a esa puerta, por así decirlo, con toda su necesidad expuesta, lo que encontró fue el frío y oscuro pórtico de la Ley: detrás de unas persianas cerradas solo había un silencio insensible.


Mientras abordaba el avión, el peso de la culpa terminó siendo aún mayor que la preocupación por su familia. ¡Qué carga tan imposible de llevar! Y, sin embargo, así suele funcionar el mundo: reprende al que tiene necesidad y ya tiene establecido de antemano quién merece recibir ayuda y quién no.


¿Y qué responde esta parábola ante esa realidad?


La parábola nos asegura que Dios tiene el sueño ligero. Como el antiguo lema de Motel 6: “Dejaremos una luz encendida para ti.” La puerta siempre está abierta. El simple hecho de llegar hasta esa puerta en la noche más oscura de nuestra vida ya es prueba suficiente. No hace falta una explicación más elaborada para demostrar que necesitamos ayuda.


Nuestro Amigo nos encuentra allí, con nuestras necesidades ya en sus manos, recordándonos que esas cargas ya han sido tomadas por Él. Y, sabiendo eso, podemos descansar.


— Ethan Richardson

 
 
 

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