El Gran Yo Soy; Un Gran Aquí Estoy
- Marcos Delgado
- 6 may
- 2 Min. de lectura
—Yo Soy el que Soy. Dile esto al pueblo de Israel: “Yo Soy me ha enviado a ustedes”.
Exodo 3:14 NTV
A lo largo de la historia, el nombre de Dios nunca ha sido un asunto trivial. El pueblo de Israel comprendía tan profundamente la santidad de Su nombre que evitaba pronunciarlo, sustituyéndolo por “Adonai”. Puede parecernos una práctica extrema, pero revela una verdad que hoy necesitamos recuperar: hemos perdido el asombro por lo sagrado. No se trata de caer en ritualismos vacíos ni de acercarnos a Dios con un miedo paralizante, sino de reconocer con claridad quién es Él y quiénes somos nosotros, entendiendo la distancia inmensa —si es que puede medirse— que existe entre ambos.
Para dimensionarlo un poco, pensemos en el universo. De acuerdo con la NASA, nuestra galaxia, la Vía Láctea, contiene al menos 100 mil millones de estrellas, y el universo observable alberga al menos 100 mil millones de galaxias. Esto nos lleva a cifras prácticamente incomprensibles: miles de billones de estrellas… y aun así, todo eso representa apenas una fracción del universo observable. Ahora imagina esto: por encima de toda esa inmensidad está Dios. Él no solo creó todo, sino que lo sostiene. Su grandeza es tan desbordante que, cuando hombres como Ezequiel, Isaías o Elías tuvieron encuentros con Su gloria, las palabras simplemente no fueron suficientes para describirla.
Y es justo aquí donde surge una tensión maravillosa. Porque ese Dios tan inmenso, tan glorioso, tan maravilloso, es también cercano. El Salmo 8:3-4 lo expresa con una honestidad que conmueve: “Cuando miro el cielo de noche y veo la obra de tus dedos —la luna y las estrellas que pusiste en su lugar—, me pregunto: ¿qué son los simples mortales para que pienses en ellos, los seres humanos para que de ellos te ocupes?”.
La respuesta no reduce Su grandeza, la resalta aún más. Dios es cercano, pero no es común. Su cercanía no significa que sea ordinario ni que podamos tratarlo con ligereza; significa que, en Su infinita majestad, ha decidido acercarse a nosotros con amor. Recuperar el asombro por quién es Dios no nos aleja de Él, nos posiciona correctamente delante de Él. Y desde ese lugar, podemos entender el privilegio inmenso que tenemos: que el gran “Yo Soy” quiera caminar con nosotros cada día.

Amén!!